jueves, 10 de abril de 2014

Por qué Mas puede ganar (y España perder)



El otro día contemple como una ristra de sujet@s  se dedicaban a hacernos creer en las Cortes que su máxima ambición es una España unida y en paz, lastima de intento ya que los españoles ya estamos muy escamados y no nos creemos el paripé que de cuando en cuando montan los políticos para su propio entretenimiento y el de sus hooligans.


Hoy iba a comentar el ladrillo que nos endilgo Rajoy sobre derecho constitucional, intentando aparentar firmeza mientras abría la puerta a la negociación con el nacionalismo que esta destrozando España.


Iba a recordar como Rubalcaba se volvió un saltarín a base de decirse a si mismo y a los demás que el ya lo había dicho con anterioridad y que todo este enorme problemón del secesionismo se soluciona creando nuevas naciones y después federándolas, un portento el tio.
Estaba encantado siendo  el mas listo de su clase 

También pretendía comentar que Rosa Diez estuvo a la altura del problema, que encaro el asunto, recordó que ella era una representante del pueblo español y por tanto también de los catalanes mientras se hacía eco de todas las voces de las personas que desde Cataluña recuerdan que están siendo pisoteadas por los nacionalistas, iba a explayarme a conciencia hasta que he leído este articulo de Jose Javier Esparza y entonces he comprendido que mis lectores deberían leerlo igual que yo lo hice, porque él es el que de golpe pone las cosas en su sitio y dimensiona en toda su miseria el problema.


Por qué Mas puede ganar (y España perder)


A una identidad que se afirma sólo se puede responder proponiendo una identidad más atractiva. Al anhelo de una patria sólo se puede responder ofreciendo una patria más fuerte.
Nos han vendido que el Parlamento español ha “tumbado” el proyecto separatista del nacionalismo catalán. Nos lo dicen los mismos –y con la misma voz campanuda- que tratan de persuadirnos de que “ETA está derrotada”. Pero sólo se engaña quien se quiere engañar. Lo que ha pasado en las Cortes ha sido, simplemente, un episodio para consumo interno de la propia clientela. PP y PSOE tratarán de demostrar a sus fieles –catalanes incluidos- que el Estado es fuerte y a la vez dialogante. Los separatistas, por su parte, exhibirán ante su parroquia el espectáculo de los bravos astérix defendiendo en Roma la libertad de su pequeña aldea gala frente a la cerrazón de los intolerantes patricios. Todos creen ganar. Pero el único que en realidad gana es Mas, que con este aquelarre parlamentario ha llevado el conflicto a una fase nueva: ahora el Estado acepta discutir la independencia, y eso es la primera vez que pasa. Viviremos en este nuevo escenario durante los próximos años.
¿De verdad alguien pensaba que el proyecto de Mas consistía en vencer en Madrid y que, por tanto, ahora todo terminó? ¡Por favor…! Lo que Mas pretendía era forzar a “Madrid” a aceptar la independencia catalana como algo digno de debate. Y, de paso, evaluar la capacidad de resistencia del enemigo. Es una viejísima táctica: lanzar continuamente ataques de alcance limitado para calibrar la solidez del contrario y descubrir sus grietas. El separatismo catalán lleva más de un siglo haciendo eso (sólo un siglo, sí: desde las Bases de Manresa de 1892; lo de 1714 no se lo creen ni ellos). La respuesta de España ha sido variable según las épocas. La del sistema de 1978 siempre ha sido pusilánime, y la de este miércoles debe de haber abierto inusitadas esperanzas en la grey separatista. ¿Por qué? Porque ha puesto de manifiesto la inexistencia de una voluntad de victoria en el Estado.
Me limito a recoger la declaración doctrinal de Rajoy en el debate: “A todo esto, a todo lo que nos unió en 1978 y que nos une todavía hoy, a todo esto, vagamente, sentimentalmente, sin ningún afán trascendental, lo llamamos patria. Pero si a ustedes no les gusta, podemos llamarle futuro". Dicho de otro modo: España es un producto del consenso de 1978, no es una patria sino de forma vaga y sentimental, no posee afán trascendental alguno y en realidad sólo vale como apuesta de futuro (¿de qué futuro?). Zapatero dio el tono cuando describió la nación española como algo discutido y discutible, y Rajoy le ha superado con esta relativización expresa de la patria. Si yo no supiera que España es otra cosa, si yo no tuviera otro concepto de mi patria, ahora mismo me haría separatista.
El episodio es altamente revelador porque pone en evidencia la principal grieta de la España de hoy: su incapacidad para ofrecer un horizonte de patria, su miedo a construir una identidad fuerte como comunidad política, su complejo para otorgar un sentido trascendental al orden democrático. Es una grieta que no existe en Francia, en Italia, en los Estados Unidos o en Rusia. Es una grieta típica de la España de hoy, de la España del 78. Y por esta grieta se disponen a entrar los bárbaros.
No hay comunidad política sin identidad colectiva. No hay legalidad democrática sin legitimidad histórica. A una identidad que se afirma sólo se puede responder proponiendo una identidad más atractiva. Al anhelo de una patria sólo se puede responder ofreciendo una patria más fuerte. A la identidad que han construido los separatismos –identidad en buena medida artificial, pero no por ello menos eficiente- y a la invención de una patria nueva sólo se puede responder reafirmando la identidad nacional española y reavivando el sentido del patriotismo en nuestro pueblo. Frente a lo que piensa nuestra clase política, disolver la identidad nacional española o desdeñar el patriotismo español no va a rebajar la amenaza separatista, sino que, al revés, la va a intensificar, porque significa desprenderse de lo único que cabalmente garantiza la unidad nacional. El miércoles, en las Cortes, lo único que PP y PSOE enseñaron es su miedo a decir “España”.
Los nacionalistas catalanes y vascos quieren construir sus respectivas patrias. Se podrá juzgar descabellado, pero el propósito es perfectamente viable si España renuncia a ser patria a su vez. En esas estamos.
 Por eso Artur Mas puede ganar. ¡Y lo sabe!

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